Historia Real

A continuación narro en dos tomas una historia real de Coaching de Empresa vivida este año en el norte de España. Se trata del “entrenamiento” de dos propietarios (al cincuenta por ciento) de una empresa familiar -en segunda generación- del sector del acero con una plantilla de cien trabajadores.

El proceso de Coaching se desarrolló durante doce meses. Las dos tomas reflejan el punto de partida: Dos socios y un abismo , y el de llegada: Dos socios y un puente.

Dos socios y un abismo

Mesa negra de sala de juntas sobre fondo blanco. Mesa negra, paredes blancas. Árboles en la terraza: un tejo, dos pinos, un acer japonés, una camelia, dos ficus. Mi despacho.

Son las 8.10 de una mañana del mes de septiembre de 2007.
Preparadas las tazas de té, los folios de colores, dos tarros con bolígrafos, el dossier con la carpeta de los clientes, mis gafas pequeñitas con montura de pasta roja y el papelógrafo. Faltan cinco minutos para que lleguen.

Son dos, ella supera la cincuentena, él no llega a los cuarenta. Son dos socios de una empresa del metal que ronda los cien trabajadores. Herederos al cincuenta por cien de un imperio que por carácter, formación y habilidades les queda grande. Son dos, provienen de distintas familias, distintas formaciones, estilos, pulsiones.

No llegan. A mi me da por recolocar las sillas, blancas, ultramodernas, ultra incómodas, de diseño. A mi me da por recordar algunos aprendizajes de mi último curso universitario sobre las dificultades inherentes a las empresas familiares carentes de protocolo, sobre la errónea estrategia de estar igualados al cincuenta por cien, empate técnico a la hora de tomar decisiones. Si/ No, No/ Si… cuan margarita. Bloqueo.

Ding dog… llegan al despacho con segundos de diferencia… Vienen de la fábrica cada uno en su coche, por separado… apenas se miran o se saludan. Yo les ofrezco el tradicional abrazo de bienvenida. Están tensos. Sacan sus papeles, apagan sus iphones, se quitan las chaquetas y finalmente se sientan.

Esperan -equivocadamente- que lidere yo, el Coach, cuando los protagonistas absolutos de la obra son ellos.

Comienza el espectáculo, el entrenamiento, la puesta en escena del abismo que les separa. Los niveles de comunicación gestual, verbal, tonal son casi inexistentes…

-Comencemos por construir puentes- pienso mientras pido que repartamos roles de sesión siguiendo las pautas de Alan Cardon: medidor de tiempo, secretario o realizador del acta y observador que aporta feedback.

Les he situado cara a cara… resulta casi imposible no centrar la mirada en el otro y, sin embargo, lo consiguen, se evitan. Reparto dos cuestionarios para medir el nivel de su desencuentro (quince parámetros). Cada uno lo completa por separado. Después lo comentamos en voz alta, hay indignación, ira, cólera, tristeza, emociones feas y mucha incomodidad. Ambos quisieran salir corriendo. Es lo que les pide el cuerpo, las vísceras.

Se quedan. Se impone la cabeza, la decisión (consensuada) de mejorar su relación, de establecer un puente comunicacional, de aceptarse (aceptar la diferencia), de apreciarse (apreciar la diferencia), de respetarse (respetar la diferencia), de comunicarse (comunicar lo que piensan, sienten, necesitan y quieren, del otro por el bien de la empresa).

Para que se queden, participen, y contribuyan ni siquiera tengo que apelar al sentido de la responsabilidad, se recolocan solos: eso también forma parte de la educación y de la herencia de ambos. -No lo saben, pero en el fondo comparten más de lo que piensan-.

Durante los cuatro primeros encuentros se suceden los careos, las miradas desafiantes, los desplantes, los reproches, el chantaje del silencio, carraspeos, toses, amenazas, desaires, groserías, intentos de falta de respeto (que el Coach frena radicalmente). Tenemos un abismo bien profundo.

Dos socios y un puente

Mesa negra de sala de juntas sobre fondo blanco.
Mesa negra, paredes blancas. Árboles en la terraza: un tejo, dos pinos, un acer japonés, una camelia, dos ficus. Mi despacho.

Son las 8.10 de una mañana del mes de septiembre de 2008. Preparadas las tazas de té, los folios de colores, dos tarros con bolígrafos, el dossier con la carpeta de los clientes, el papelógrafo y mis gafas pequeñitas con montura de pasta roja. Faltan cinco minutos para que lleguen.
Son dos, ella supera la cincuentena, él no llega a los cuarenta. Son dos socios de una empresa del metal que ronda los cien trabajadores. Herederos al cincuenta por cien de un imperio al que han decidido sacarle chispas. Son dos, provienen de distintas familias, distintas formaciones, estilos, pulsiones y sin embargo han comprendido la necesidad, la conveniencia, de entenderse, apoyarse y trabajar juntos por el bien propio y de la empresa. Pura practicidad. Trabajan con un Coach durante un año. Construyen puentes sobre lo que otrora fue un abismo… veamos cómo.

Son las 8.14 y no llegan. A mi me da por recolocar las sillas, blancas, ultramodernas, ultra incómodas, de diseño. A mi me da por recordar algunos aprendizajes de mi último curso universitario sobre las dificultades inherentes a las empresas familiares carentes de protocolo, sobre la errónea estrategia de estar igualados al cincuenta por cien, empate técnico a la hora de tomar decisiones. Si/ No, No/ Si… cuan margarita. Bloqueo, salvo que hayan aprendido técnicas de negociación, herramientas de comunicación eficaz.

Ding dog… vienen de la fábrica. Sesión a sesión, cada quince días, durante un año, continúa el entrenamiento, la construcción de puentes. Si en los primeros encuentros se producían careos, miradas desafiantes, desplantes, reproches, chantaje silencioso, carraspeos, toses, amenazas, desaires, groserías, intentos de falta de respeto (que el Coach frenó radicalmente)… En las cuatro siguientes se fueron tomando el pulso mutuamente, y el Coach como testigo, como catalizador de cambios, propulsor de tareas específicas, palanca de encuentros a solas, entre ellos, en la empresa, facilitador de lecturas, e-mails, propuestas, preguntas, feedback…
Hacia la octava sesión comenzaron a producirse cambios.

Llegaban juntos en el mismo coche, y espontáneamente hablaban de temas concretos de su negocio, se servían el té el uno al otro, se disculpaban si no habían completado alguna tarea. Físicamente se sentaban enfrente y se miraban, sostenidamente, aunque hubiera discrepancia de enfoque, de tema o de criterio. Había comenzado la construcción de puentes sobre el abismo… construcción no exenta dificultades, puente levadizo a ratos, de quita o pon, provisional.

Al medio año todavía no se habían instalado de manera permanente las “funciones” de confiar en el otro, de pedir permiso, del respeto a ultranza, de reconocer fortalezas, bonanzas del otro, de pedir ayuda, de escuchar empáticamente y de ofrecer feedback generoso… Aún había discontinuidad, corriente alterna, sobre lo que antaño fuera un abismo.

Nueve meses después del inicio del Coaching había un puente firme,estrechito, de cuerda y madera.

Tres sesiones más tardes, el puente mutó al cemento: sólido, fiable, continuo. Al año, septiembre de 2008, tenemos dos socios y un puente de acero, como el de Brooklyn.

No hubo atajos, no fue fácil ni cómodo: sudaron, tosieron, se revelaron, lloraron, dieron puñetacitos en la mesa, se levantaron de la silla, tiraron varias veces la toalla, volvieron a cogerla, el Coach sosteniendo el desaliento y ellos los protagonistas absolutos, siempre.

Ahora tenemos dos socios invencibles, como La Armada. No en vano su sector es el metal y ellos, ya lo dije en otra entrada, ¡tienen en común más de lo que sospechan!
La empresa va mejor, muchooooooooo mejor. La productividad y el clima de una organización dependen en buena media de sus líderes. Y al final va a ser cierto que el noventa por ciento de todos los problemas empresariales son en alguna medida problemas de comunicación. Puentes. Tendamos puentes sobre todos los abismos imaginables. Final feliz en esta historia. The end.

Blog: www.azucenavegacoach.com

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