La semana pasada andaba por Sevilla, iba paseando y disfrutando de un bonito día soleado y algo fresco, lo habitual cuando es 2 de diciembre. Iba camino de la Facultad de Derecho, donde en una de sus aulas daba una clase de Coaching en un curso de la Universidad de Sevilla. En este camino, me crucé con una persona invidente que iba con un perro lazarillo y una persona que la acompañaba, a la cual cogía del brazo. Algo que podríamos entender como “normal”, a lo cual le presté la atención justa.

Unos 20 metros más adelante me encontré cruzando otra calle, y mientras iba paseando tranquilamente, vi en la distancia que iba otra persona invidente con un perro lazarillo, pero en esta ocasión, con muchas dudas y titubeando. Se acercaba al bordillo de la calle, y paso a paso iba tanteando el camino para bajar al asfalto, cruzar la calle y volver a subir el bordillo del otro lado de la calle. Algo que hizo con mucho cuidado, yo al ver la escena pensé que esta persona tenía menos experiencia o llevaba menos tiempo siendo invidente por la forma indecisa y dubitativa en la que iba avanzando.

Viendo la escena, me paré para ver cómo iba evolucionando la persona, para ver como se desenvolvía, y porque no decir también un poco preocupado, pues me parecía que avanzaba con dudas.

Desde la distancia vi como la persona cruzó la calle satisfactoriamente, yo estaba sinceramente un poco preocupado pues la veía avanzar con dificultad, y por ello me  quedé intrigado viendo como la persona iba avanzando sin ver.

El siguiente obstáculo fue un pivote de estos de los que se ponen en las aceras con el cual se golpeó poco más arriba de la rodilla. Desde la distancia casi sentí el dolor que le produjo, y como esta persona se friccionaba para calmar un poco el dolor. No obstante, con fuerza y coraje siguió, no se paró demasiado, continúo, viendo sin ver, aunque a veces a fuerza de golpes (pensé yo).

Continuaba en su camino, y yo desde lejos sentía una gran empatía con esa persona que no conocía y que desde la distancia veía como iba avanzando con dificultades.

Ahora llegó el segundo problema, se acercaba a un semáforo para cruzar una gran avenida, y ahí, tanteando, -literalmente- con la mano extendida pudo ir avanzando hasta que tocó el semáforo y se quedó esperando hasta que pudiera cruzar. El problema era que no estaba delante del paso de cebra. Se encontraba en el lado opuesto, esto es, por donde paran los coches, con lo cual si bajaba se daría con el coche.

Al mismo tiempo, observé cómo dos personas que estaban en el paso de peatones se estaban dando cuenta lo que yo me estaba percatando, y de lo que ocurría al mirar al invidente, que se había colocado en mal sitio.

Yo me encontraba un poco lejos, pero me tranquilizaba que alguien se hubiera dado cuenta de que esa persona podía tener algún tropiezo.

Se puso el semáforo en verde para los peatones y esta persona empezó a caminar despacio, titubeando, y como no podía ser de otra manera, tropezó con el coche que estaba parado, el hombre trataba de orientarse, y en ese momento, una buena persona “anónima” de las que tanto abundan pude ver cómo le hablaba, le ponía la mano el el hombro y le acompañaba a cruzar la calle.

En la distancia les veía cruzar la avenida, y sentía que el invidente se sentía reconfortado, pues alguien le acompañaba en ese trance, que en este momento se traducía en cruzar una avenida, para poder continuar con su camino.

Una persona que sin ver, fue vista y sentida, una persona que intuyo que no tenía mucha experiencia como invidente. No lo sé, quizás había perdido la vista hacía poco, y le costaba avanzar. Son elucubraciones mías.

Visto lo visto, me sentía consternado y alegre a la vez, viendo como una persona a pesar de las dificultades, los tropiezos, los golpes, y las dudas avanzaba.

En este momento que estaba parado en la acera cerré los ojos, sin ver nada, traté de imaginarme como sería eso de andar por la calle, por una gran ciudad con los obstáculos y peligros que hay. ¡¡NO PODÍA  NI IMAGINARLO!!.

Reanudé mi camino, bajé unos escalones para llegar a las aulas, y me di cuenta que no todo el mundo puede bajar unos escalones. ¡¡Sí había una rampa!!  Aunque es verdad que eso hace el camino más largo.

Seguí mi camino aligerando el paso, -pues había gastado unos minutos-  pensando sobre la escena que había visto y vivido, y en ese caminar vi a una persona en una silla de rueda, dirigiéndose a clase, probablemente con una parálisis cerebral, hemiplejia o no sé qué tipo de discapacidad, lo que si sé es que iba en una de esas sillas con motor. Le acompañaba una persona, iban riendo, y me sentí feliz porque esa persona estaba en el camino de lograr sus objetivos, sus estudios, o lo que fuera.

Me di cuenta de lo afortunados que somos, podemos ver el sol, la luz, no golpearnos con algunos obstáculos en la calle, y pensé ¿tenemos  derecho a quejarnos?.

Esa tarde hablaba de la zona de confort, y de la incomodidad que supone salir de la misma, el miedo, y el no ver que nos podemos encontrar.

Así que si algún día no sabes que vas a hacer o hacia dónde tirar, cierra los ojos,  vete a la calle, y trata de caminar.

Con todo mi respeto, cariño y admiración a todas las personas con minusvalías que salen a la calle día a día, y viven y logran sus objetivos y sus metas cada día, con golpes o sin ellos y que en el camino encuentran más obstáculos que otras personas.

José Miguel Gil
CAC 10161

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