Recientemente escribía “Los Informívoros”, título apelativo que propone nuestra definición como consumidores contumaces de un exceso de información que a muchos puede llevar hacia una obesidad mediática no deseada… a menos que la disciplina de una dieta comunicacional lo pueda remediar. Dieta que para ser efectiva no deberá producir apetito por desinformación, para lo que será imprescindible elegir adecuadamente lo consumido en un ejercicio de priorización que asegure lo necesario y suficiente a cada cual.

En este mismo sentido yo finalizaba el artículo aludido con una llamada al consumo consciente de información proponiendo… “primero elegir y luego consumir”. Pero elegir priorizando la información que más conviene no es tarea sencilla y no tanto por la inabarcable cantidad de inputs a la que nos enfrentamos cada día como por la forma estratégica en que estos se nos presentan.

Como consumidores integrales que somos, todos tenemos nuestras preferencias y en asuntos de información esto también ocurre. Desde hace varias décadas está bien demostrada nuestra tendencia mayor a fijarnos en aquello que se acerca a nuestros gustos por lo que, de ser conocidos por quienes nos proveen de contenidos, el riesgo de conspiración mediática puede condicionar nuestra libertad de elección.

No es un secreto que, por ejemplo, el rastro que deja nuestra navegación por Internet es sabido por quienes gestionan la información (y no necesariamente la publicitaria), por lo que muchos de los contenidos que electrónicamente manejamos se encuentran previamente sesgados hacia nuestras preferencias, lo que nos propicia un consumo condicionado que no siempre es razonadamente elegido.

Pero esto no solo ocurre en la Red ni es una novedad que antes fuera desconocida. Clay A. Johnson, en su libro “La dieta informativa”, recoge que en 1996 Roger Ailes fundó Fox News (el canal conservador de noticias más importante de USA) con una premisa muy clara: “Dar a la audiencia información que le confirme lo que opina”. El éxito fue total pues nada hay de consumo más tentador que aquello que, en lugar de cuestionarla, reafirme mediáticamente nuestra opinión.

Si hoy ser Informívoro ya no es una posible elección, al menos debemos cuidar que si lo sea nuestra dieta comunicacional, como mejor medida para preservar una salud mental sin la cual siempre quedará perjudicada nuestra capacidad de libre decisión…

 

Saludos de Antonio J. Alonso

Antonio J. Alonso Sampedro

Business Coach

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