La perspectiva que nos regala el paso de los años generalmente nos lleva a concluir que en muchos momentos de nuestra vida deberíamos haber tomado decisiones que, bien por un exceso de prudencia conservadora o quizás también por cierta indolencia, fueron dilatadas en el tiempo con la consiguiente pérdida de valiosas oportunidades. Identificar el momento adecuado para actuar es siempre una de las claves del éxito, sobre todo por la dificultad que conlleva su acertada visualización en un mundo alicatado de incertidumbres.

Cuántos posibles amores dejamos pasar por no atrevernos a intentarlo. Cuántas preguntas dejamos de hacer por temer parecer incultos. Cuántos espectáculos no vimos por no comprar las entradas anticipadamente. Cuántas disculpas no pedimos por el orgullo de creer contar con la razón. Cuántos trabajos perdimos por no asumir el riesgo de lo nuevo. Cuántos libros no leímos por anteponer la televisión. Cuántos kilos de más llevamos por no comenzar a correr. Cuántos trastos inservibles amontonamos por no tirarlos de una vez. Cuántos calendarios gastamos sin aprender inglés. Cuántos viajes pendientes por repetir siempre el mismo destino. Cuántas ganas de ser sin hacer…

Dicen que vivir dos vidas nos ofrecería la ocasión de rectificar en la segunda lo errado en la primera, pero es evidente que ni aquello es ahora posible ni esto sería luego seguro. Aprender de los errores no es sencillo y menos para quienes ni tan siquiera están dispuestos a aceptarlos como propios.

Pero no solo la existencia de las personas se cuenta por sus oportunidades pérdidas sino que también las empresas son presa fácil de la inacción en los momentos requeridos y apropiados, siendo la explicación a esto no otra que la misma que la de las personas, pues las empresas son sus personas.

Por consiguiente yo diría que los pecados cometidos por las empresas son similares a los que puedan cometer sus profesionales directivos en el ejercicio de su vida personal, lo cual nos lleva a pensar que la solución para unas y otros debe ser la misma: la actuación oportuna.

Comenzado ya el 2017, es incuestionable que nos encontramos en los albores de un cambio de tendencia económica hacia la prosperidad. No obstante, todavía algunos indicadores socioeconómicos presentan ciertos datos negativos que logran enturbiar la visión futura. Así las cosas, tomar decisiones puede parecer harto dificultoso a no ser que descubramos cual es el origen de nuestra equivocación y que no es otro que la tendencia a interpretar el futuro respecto del presente. Es decir, mirar lejos con las gafas de cerca, lo que provoca que inevitablemente tengamos que esperar a que el futuro se acerque y sea casi presente para lograr entenderlo. Este precisamente es el error, porque sin anticipación suficiente no habrá nunca recaudación esperada.

Las mejores decisiones empresariales son las que se toman antes que los demás, pues llegar a obtener un buen puesto en la parrilla de salida es lo que permitirá contar con opciones de ganar la carrera cuando suene el pistoletazo inicial.

Ahora no hago otra cosa que trasladar persistentemente esto mismo a mis clientes, aunque la lógica del Business Coaching me dice que son ellos quienes deberán tomar convencidamente sus propias decisiones, pero siempre sin olvidar eso que como nadie cantó el rey Elvis… “It´s now or never”.

Saludos de Antonio J. Alonso Sampedro

Antonio J. Alonso Sampedro

Business Coach

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