La magia de la escritura puede lograr que una sola letra llegué a cambiar totalmente el significado de una palabra o bien lo opuesto: que dos palabras con sentidos muy diversos se acerquen tanto que puedan confundirse en una misma identificación. El titulo de este artículo así lo prueba y su significación, en esta ocasión, desgraciadamente también.

No descubriré nada nuevo si afirmo que vivimos en una etapa de la historia social en la que la asepsia (de las personas y de las cosas) se ha convertido en una de sus señas de identidad, tras siglos de evidente desaseo condicionado principalmente por unos menores niveles de desarrollo tecnológico y también cultural. Está comprobado que las personas higiénicas viven más y los instrumentos e instalaciones pulcras parecen funcionar mejor. Hoy la limpieza es ya una acostumbrada obligación más que una extravagante elección.

En definitiva, gusta lo limpio pues ello nos traslada automáticamente señales de orden, control, sanidad y perdurabilidad. Tanto es así que el término limpieza y su antónimo “suciedad” trascienden a su primera y más directa acepción para metafóricamente denotar valores de honradez en las personas, que suelen estar relacionados con sus comportamientos éticos en el proceder. Quien tiene las manos limpias suele ahora decirse alegóricamente de quien es honesto consigo mismo y con los demás.

Desde hace muchos meses, el Barómetro que puntualmente y con esa periodicidad publica el CIS (Centro de Investigaciones Sociológicas) coloca entre las tres mayores preocupaciones de los españoles la situación económica, el paro laboral y la corrupción/fraude (ver “La improductividad laboral de los políticos”). Pero es evidente que tanto la economía como el desempleo son cuestiones diferentes a la corrupción por cuanto las primeras son determinadas por las decisiones interconexionadas de muchos agentes (nacionales e internacionales) mientras que esta última solo lo es por la responsabilidad de cada cual, al caer o no en la tentación personal de obrar deshonestamente.

Por tanto y simplificando, podríamos decir que uno de los tres problemas más evidentes de la sociedad española actual y que está arruinando su credibilidad (tanto para propios como para extraños) tiene por sencilla solución la que cada infractor a su vida sea capaz de administrar. De ser así, parece que este problema no sería tal al reducirse mucho en su complejidad, lo cual no es nada cierto y esto lo trataré de explicar con un ejemplo.

Hace tiempo ya, todos los intentos de incorporar a la vida cotidiana de los españoles aquellas civilizadas maquinas autoexpendedoras de periódicos y revistas con pago posterior a su retirada que asombrados descubríamos en las películas fracasaron porque, de forma mayoritaria, la gente disponía de las publicaciones evitando dejar luego las monedas que las abonaban y ello sin causar mucho asombro en los demás. En cambio, es curioso que muchos de esos mismos usuarios pagaban en el extranjero cuando las usaban en países donde todo el mundo cumplía con su obligación, pues de lo contrario su conducta era contundentemente afeada al instante por todo aquel que la contemplaba.

Desgraciadamente la corrupción y el fraude, además de ser cuestiones de conciencia personal de quienes los practican, aparecen y proliferan pues se amparan en la permisividad de una sociedad que suele ponerse de perfil ante estos condenables comportamientos que no son denunciados comprometida y valientemente por los demás (quien sabe si por aquello de… “el que esté libre de pecado…”). Por esto mismo y no nos engañemos, en la Suciedad de la Sociedad intervenimos responsablemente todos por más que al mirar nuestras propias manos nos justifiquemos complacientemente comprobando una vez más que están limpias…

Saludos de Antonio J. Alonso Sampedro

Antonio J. Alonso Sampedro

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