Para mí, el mundo se divide entre quienes al entrar en casa buscan conversar y aquellos que prefieren el silencio. Unos necesitan la sociabilidad y otros la soledad. Ambas elecciones son válidas y lícitas por igual pues a nadie hacen mal, excepto a uno mismo cuando lo acontecido se aleja de lo querido y además no hay perspectivas de cambiar.

No es casual la elección del entorno hogareño como medidor más puro del componente relacional de cada cual pues tras la puerta del hogar reinará mejor nuestra voluntad que en la calle, donde es evidente impera un mayor condicionamiento social. Por esto mismo los hay solitarios que, por ejemplo, llevados por su trabajo no paran de reunirse y hablar sin por ello traicionar a su idiosincrasia, cuya línea de sincera expresión tenderá más a inscribirse en su ámbito particular.

La soledad se elige mientras que la marginalidad se nos impone. De aquí que no puedan ser soledades las forzadamente devenidas (divorcios, defunciones, disputas, animadversiones, etc.) sino más bien penas por condenas a que muchas veces nos lleva la realidad. Es solitario quien pudiendo relacionarse elige la contención social mientras que es marginado el ninguneado o abandonado por los demás. No todo es soledad y no a todo se debería llamar soledad. La verdadera soledad es estructural por decidida y no coyuntural por soportada, pues quien decide podrá ser feliz pero sin duda nunca lo será el que asume y se resigna a soportar.

Además, la soledad lo es y con independencia de entornos y situaciones. Se puede ser solitario en Nueva York y socialitario (italianismo tomado prestado) en Fuentealbilla. Se puede ser solitario participando de todos los grupos sociales de la Red y socialitario sin acceso alguno a Internet. Se puede ser solitario con siete hermanos y socialitario siendo hijo único. Se puede ser solitario vendiendo en El Corte Inglés y socialitario vigilando un faro. El hábito disfraza al monje pero no siempre lo hace. Ser adaptable no traiciona el ser.

Es un hecho visible también que últimamente la soledad no está de moda y aun más, es frecuentemente catalogada como equivocación vital en una promoción altamente sospechosa de la sociabilidad como fuente inagotable de felicidad. Pertenecer a una gran familia, contar con legiones de amigos y trabajar en entornos multimilrelacionales es considerado necesario para la salud y las buenas costumbres de un tiempo actual que solo pareciera buscar la roma unanimidad en lugar de la incisiva identidad. Aun por paradójico que pueda parecer, siempre será más fácil dirigir un rebaño que a uno de sus miembros en soledad.

De otra parte, uno de los errores más flagelantes a la soledad es su miope asociación con el egoísmo, cuando lo peyorativo de este (el desinterés por los demás) en nada corresponde con la naturaleza quizás oculta pero generosa de aquella, que desde la individualidad busca la mejora social sumando singularidad y no duplicidad. Las grandes aportaciones a la humanidad provienen de espíritus solitarios que dedicaron el crecimiento de su vida al progreso de la comunidad. Posiblemente haya más egoísmo escondido en el disfraz que ofrece la colectividad que en la franca desnudez de la particularidad.

En fin, que yo me reconozco socialmente un solitario vocacional pero más a la manera cantada por el gran Georges Moustaki en “Ma solitude”, ese inolvidable poema musical que proclama con melancólica serenidad aquello de… “no, yo no estoy nunca solo con mi soledad”, estribillo confesional que abandera eso que algunos sentimos al vivir la ausencia de compañía socialmente institucionalizada y regular como otra suerte de acompañamiento más singular basado en el que es siempre fiel, propio e intransferiblemente personal…

Antonio J. Alonso Sampedro

Business Coach

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