Tener OCHO APELLIDOS VASCOS para algunos pueda ser un signo de acreditada distinción, posiblemente la que supone el contar con la suficiente memoria para ser capaz de recordarlos en su longitud y complejidad.

Yo nací en los años sesenta del pasado siglo en un pueblo valenciano del interior y recuerdo que en mi infancia, cuando nos visitaba un niño de la capital, todos sin dudar creíamos que era mejor y hasta más, solo por ser miembro de un clan que provenía de la gran ciudad. El paso del tiempo y muchos de esos niños con los que compartí juegos, estudios y luego trabajo me demostraron sin quererlo que la pertenencia no determina necesariamente la competencia si la intención decidida por progresar se sobrepone a la resignación pasiva frente a lo que nos pueda tocar. Yo mismo terminé viviendo en la capital aunque siga considerándome algo de pueblo, pues lo que de niño inicias tiene un difícil borrar.

Hace algún tiempo escribía “La Fortuna Geográfica” en un intento de constatar el aleatorio condicionante que para el desarrollo de las personas supone su lugar de nacimiento, defendiendo la tesis de que este nos puede quitar más que dar. Por ello, confiar ilusionadamente en “recibir” por vivir en un determinado entorno social es finalmente tan ingenuo como pretender pasear por la Gran Vía de Madrid con la esperanza de que los cajeros bancarios despachen gratuitamente billetes sin preguntar a quien los dan.

Pero es una realidad que todos aquellos que vivimos en una comunidad, sin ser necesariamente cierto, consideramos que pertenecemos a un colectivo social mejor que el de los demás, enorgulleciéndonos de nuestras virtudes corporativas que siempre dejan en ridículo a las de quienes viven en otra zona o localidad. Nos instalamos en esa confortable seguridad de quien se siente arropado por lo que viene siendo su costumbre tradicional, aún sabiendo que la complacencia es el enemigo de la versatilidad. Por eso algunos piensan que no tiene sentido cambiar.

El éxito obtenido por la película de Emilio Martínez Lázaro no es otro que el mismo que ha encumbrado desde hace décadas los chistes de… “un francés, un inglés y un español…” que, a fuerza de combinar ingeniosamente tópicos y lugares comunes, han logrado que no seamos capaces de concebir a sus protagonistas de manera diferente a los estereotipos que entre todos hemos creado. Estereotipos que además somos nosotros mismos quienes también nos encargamos de perpetuar al tender a actuar idénticamente como tales, asumiéndolos como verdaderos, inevitables y hasta meritorios para nuestra integración social.

Si bien es cierto que cada tribu o grupo social (familia, barrio, población, comunidad y estado) pueden generar sus propias señas de identidad y que indudablemente son constitutivas de su riqueza patrimonial, no lo es menos el sinsentido que representa hacer de ello competencia por la superioridad. No es más hablar un idioma que otro como tampoco lo es el hábito en el vestir, en el comer o en el peinar. Desde lo alto de una nave espacial, todo ello aparece como un irrelevante y naíf tipismo en este complejo mundo que es seguro hoy reclama otros focos de prioridad.

Mis APELLIDOS no son OCHO ni son VASCOS. Tengo solo DOS y ESPAÑOLES, motivo suficiente para certificar que estoy muy vivo para poder decidir (como los de Bilbao) ser de aquí o de allá aunque, sinceramente, a mí tanto me da…

Saludos de Antonio J. Alonso Sampedro