Un aparato de televisión apagado vale tanto como el tiempo que nos ahorra en su visualización o lo que es mejor, vale lo que nuestra inteligencia es capaz de generar libre de toda sedación.

Hay muchos relatos y películas de ciencia-ficción que plantean un mundo donde las personas son gobernadas por un ente superior que, en un alarde de capacidad colectiva de hipnotización, consigue que piensen y actúen todas de una misma manera, anulando su capacidad de decisión. Hoy esto ya no es ciencia y mucho menos ficción. La televisión ejerce de dios barrenador de cualquier intento de actividad neuronal que no sea la de la aceptación zómbica de su visión. La televisión centrifuga la razón y amordaza la actuación, por lo que tiene un coste mucho mayor que el de su mero consumo y es el de la desactivación de nuestra proactividad tras apagar el televisor. La televisión nos manda aun cuando no estamos sentados en el sillón.

Dos horas al día de televisión son 7,5 años de una vida gastados sin que valga ninguna explicación. Totalmente perdidos y no por alguna obligación, sino por nuestra libre decisión. Más de un 8% de nuestra existencia tirado al contenedor de una basura llena de lo único que no se puede comprar ni vender, porque el tiempo es un tesoro sin posibilidad de enajenación.

¿Qué hace a la televisión ser plenipotenciaria gobernadora de nuestro salón? Pues… la parálisis de unas mentes que prefieren ser espectadoras de otras biografías en lugar de escribir su propio guión, la costumbre de finalizar el día eludiendo el compromiso con la propia superación, la resignación a que lleva un mundo que está perdiendo su ilusión en un futuro mejor y en fin, el estar leyendo este artículo y no tomar ya una decisión…

Saludos de Antonio J. Alonso Sampedro

Antonio J. Alonso Sampedro

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